sábado, 7 de diciembre de 2013

¡Mal, muy mal! casi logró que me maten otra vez.

He estado practicando como un imbécil delante del espejo que hay en la habitación de mis padres. He cogido uno de los cuchillos superafilados que compró mi madre en el Carrefour y que se supone son capaces de cortar hasta el acero de las latas. Cuchillo en mano he estado como un cuarto de hora ensayando delante del espejo. El plan, aunque macabro, era muy simple. Sólo tenía que abrir la puerta de golpe, clavarle un cuchillo al zombie y cerrar. Nada más: abrir, clavar, cerrar.

Abrir, clavar, cerrar. ¿no parece tan difícil, verdad? luego simplemente tenía que dejar que la naturaleza siguiera su camino y seguro que con las heridas producidas con un cuchillo de esa magnitud, ese ser o lo que fuera ahora, no tardaría en desangrarse. Tiempo suficiente para preparar la mochila y abandonar la casa.

El resultado a tanto ensayo a sido, cuanto menos, penoso, ademas, casi me cuesta la vida. Está claro que esto no es como los videojuegos. Para evitar contagiarme, he cogido un pañuelo que le regaló mi padre a mi madre en el viaje que hicimos a Túnez hace un par de años. Me he cubierto bien la cara para evitar en la medida de lo posible respirar el mismo aire que ella. También me he puesto las gafas de la piscina de mi hermana, son unas gafas pequeñas, con un halo de color rosa al rededor, me he puesto unos guantes de goma de fregar platos que he encontrado debajo del fregadero y por último me he puesto encima el delantal. Nunca he tenido que apuñalar a nadie, pero si era como en los videojuegos, podía salpicarme de sangre; de sangre infectada.

He cogido el cuchillo, he abierto la puerta de golpe y me he quedado estupefacto. Esa mujer que veía por la mirilla de la puerta era la señora María, una vecina que vive dos pisos por encima de nosotros. Siempre ha sido muy simpática, cuando nos la cruzamos en el portal o en el ascensor, siempre tiene una sonrisa y un comentario bonito para mi. Recuerdo que de pequeño, siempre me daba un caramelo. Y ahora estaba delante de la puerta de casa con los ojos ensangrentados y un solo objetivo, morderme.

Iba vestida con una bata de estar por casa. Las manos las tenía llenas de arañazos  y un gran hematoma le cubría la parte izquierda de la cara. Estaba muy despeinada y tenía como una especia de salpullido por todo el rostro. Su furiosa mirada ha sido capaz de noquear mis planes. Por algún motivo que desconozco no estaba preparado para encontrarme a alguien conocido tras la puerta.

Han sido solo unos segundos mientras nuestras miradas se han cruzado, pero a mi me han parecido minutos. Estaba claro que la enfermedad la había privado de sus facultades. Se ha mordido el labio inferior, ha abierto los ojos y se ha abalanzado sobre mí. Sólo he tenido tiempo de soltar el cuchillo de la mano y cerrar rápidamente la puerta. Me he quedado unos segundos temblando, intentaba asimilar que es lo que había pasado y que era lo que me había pasado a mi.

Está claro que no soy capaz de matar a una persona, yo, el gran Dani, el genio del Call Of Duty.

Por hoy lo dejo, tengo que pensar en otro plan.