Estoy agotado, son casi las ocho y aún no he comido. Sólo he podido acabar con dos de ellos.
Esta mañana fiel a mi plan he bajado abajo, he ido hasta la cochera, he subido la persiana y he sacado la escalera.
La valla principal de la casa de mis abuelos podríamos decir que tiene tres zonas distintas. La parte de la izquierda está libre sólo hay una alambrada y una cancela por donde mi abuelo, cuando vivía, entraba y sacaba el coche. Un poco más a la derecha está el autobús que aplasta a esa podre chica. luego está la puerta de entrada y por último hay unos abetos plantados en la parte izquierda de la alambrada. Así que he colocado la escalera tras los abetos para poder acceder hasta los tres zombies que estaban allí.
Luego he ido a buscar la garrafa, se trata de una garrafa de 10 litros pero que debía estar llena hasta la mitad aproximadamente. ¡Dios, nunca pensé que esa garrafa pudiera pesar tanto!. Cuando he salido del garaje los únicos zombies que estaban pegados a la valla en ese momento eran los que estaban tras los abetos. Me he subido a la escalera como he podido con la intención de tirar la gasolina sobre los monstruos por encima de los abetos, pero el peso de la garrafa y mi magistral falta de destreza han hecho que me tirará yo mismo la gasolina por encima.
Hasta yo tenía claro que jugar con fuego portando ropa empapada en gasolina era peligroso. Así que he tenido que hacer un alto en mi macabro plan, entrar en la casa y cambiarme de ropa. El problema es que en casa de mi abuela no hay ropa de mi talla. De pronto he recordado que me había parecido ver en el garaje unas cajas con ropa vieja. He vuelto a salir afuera, esta vez medio desnudo en dirección al garaje. Efectivamente, mi abuela aún guardaba ropa de mi abuelo en esas cajas. Como hacía mucho frío he cogido una de las cajas y he vuelto en dirección a la casa. Al salir me he fijado como la chica del autobús observaba atónita a un crió medio desnudo portando una caja de cartón de un lado a otro en medio de ese holocausto. En ese momento he caído en la cuenta de que aparte de ir medio desnudo y tener un frío que me moría ahora no llevaba ni los guantes, ni el fular. Estaba expuesto a esa extraña enfermedad y habían ocho infectados a menos de diez metros de mi.
He vuelto corriendo hasta el interior de la casa. He desempaquetado algunas prendas e intentado perder el menor tiempo posible y me he vestido con ropas que antaño pertenecieron a mi abuelo.
Ahora tenía claro que el plan de tirar la gasolina con la garrafa desde lo alto de la escalera no era viable, así que he cogido un cazo de la cocina y lo he llenado con la gasolina de la garrafa. Esto ya era otra cosa, esto si era mucho más maniobrable, además son un simple gesto podría lanzar la gasolina mucho más lejos.
He salido a fuera y he visto que uno de los que creo era médico ahora estaba frente la puerta principal. Era perfecto, me he acercado un poco y con cierta destreza le he arrojado toda la gasolina del cazo encima, Ya lo tenía, ¡mi primera víctima!. He vuelto al interior de la casa, con el cambio de ropa había olvidado las cerillas en los otros pantalones. He cogido la cajetilla y he vuelto afuera. Ahora ese tipo estaba con los brazos abiertos, pegado a la cancela y gritando como exigiendo que abrieran esa puerta de inmediato. Nunca volvería a tener una oportunidad mejor.
Muerto de miedo he encendido una cerilla y se la he lanzado, pero no ha ocurrido nada. He encendido otra y tampoco ¿Que diablos estaba pasando? He vuelto a encender otra y nada tampoco. Creo recordar que he gastado más de diez hasta que al final he comprendido que eso no iba a funcionar.
He vuelto ha dentro de la casa corriendo y he cogido unos periódicos antiguos y unas revistas de decoración de mi abuela y he salido otra vez a fuera. He prendido fuego a un par de hojas enrolladas y las he acercado al él, por fin, la bata blanca ahora roja color sangre que llevaba puesta ha empezado a arder.
Me he apartado a observar. A juzgar por los acontecimientos no parecía importarle mucho el hecho de que su bata de trabajo estuviera ardiendo, parecía más enojado por el hecho de que la verja de la calle siguiera cerrada.
Poco a poco la intensidad del fuego ha ido disminuyendo, ¡se estaba apagando! ¿que? ¿porqué? ¡maldición! he vuelto al interior, he llenado nuevamente el cazo con gasolina y he salido afuera. Aquel tipo seguía allí como regocijándose de su indestructibilidad. Le he arrojado otro cazo de gasolina por encima y entonces sí, una gran deflagración ha cubierto ese cadáver andante envolviéndole en llamas. Tras unos segundos han cesado sus gritos, luego ha caído al suelo de rodillas y se ha consumido frente a la verja principal de la casa.
El espectáculo era dantesco, pero en ningún momento he sentido arrepentimiento ni remordimiento alguno, sólo cansancio, estaba exhausto y eso sólo había hecho que empezar, me faltaban aún todos los otros y seguro que no me lo iban a poner tan fácil. En ese momento un hedor horrible ha atravesado mis fosas nasales, era un olor tan fuerte, tan molesto que hasta se me han desprendido varias lágrimas. Provenía de ese cadáver ardiendo ¡Por Dios bendito! ¿cómo podía oler tan mal? Me he puesto a vomitar allí mismo del asco que me ha entrado. Luego he entrado en la casa a reposar unos segundos, volver a cargar el cazo con gasolina y continuar mi particular matanza...
Mi segunda víctima ha sido el soldado. Ahora ya se como quemar a una persona viva. Me he convertido en un asesino.
Esta mañana fiel a mi plan he bajado abajo, he ido hasta la cochera, he subido la persiana y he sacado la escalera.
La valla principal de la casa de mis abuelos podríamos decir que tiene tres zonas distintas. La parte de la izquierda está libre sólo hay una alambrada y una cancela por donde mi abuelo, cuando vivía, entraba y sacaba el coche. Un poco más a la derecha está el autobús que aplasta a esa podre chica. luego está la puerta de entrada y por último hay unos abetos plantados en la parte izquierda de la alambrada. Así que he colocado la escalera tras los abetos para poder acceder hasta los tres zombies que estaban allí.
Luego he ido a buscar la garrafa, se trata de una garrafa de 10 litros pero que debía estar llena hasta la mitad aproximadamente. ¡Dios, nunca pensé que esa garrafa pudiera pesar tanto!. Cuando he salido del garaje los únicos zombies que estaban pegados a la valla en ese momento eran los que estaban tras los abetos. Me he subido a la escalera como he podido con la intención de tirar la gasolina sobre los monstruos por encima de los abetos, pero el peso de la garrafa y mi magistral falta de destreza han hecho que me tirará yo mismo la gasolina por encima.
Hasta yo tenía claro que jugar con fuego portando ropa empapada en gasolina era peligroso. Así que he tenido que hacer un alto en mi macabro plan, entrar en la casa y cambiarme de ropa. El problema es que en casa de mi abuela no hay ropa de mi talla. De pronto he recordado que me había parecido ver en el garaje unas cajas con ropa vieja. He vuelto a salir afuera, esta vez medio desnudo en dirección al garaje. Efectivamente, mi abuela aún guardaba ropa de mi abuelo en esas cajas. Como hacía mucho frío he cogido una de las cajas y he vuelto en dirección a la casa. Al salir me he fijado como la chica del autobús observaba atónita a un crió medio desnudo portando una caja de cartón de un lado a otro en medio de ese holocausto. En ese momento he caído en la cuenta de que aparte de ir medio desnudo y tener un frío que me moría ahora no llevaba ni los guantes, ni el fular. Estaba expuesto a esa extraña enfermedad y habían ocho infectados a menos de diez metros de mi.
He vuelto corriendo hasta el interior de la casa. He desempaquetado algunas prendas e intentado perder el menor tiempo posible y me he vestido con ropas que antaño pertenecieron a mi abuelo.
Ahora tenía claro que el plan de tirar la gasolina con la garrafa desde lo alto de la escalera no era viable, así que he cogido un cazo de la cocina y lo he llenado con la gasolina de la garrafa. Esto ya era otra cosa, esto si era mucho más maniobrable, además son un simple gesto podría lanzar la gasolina mucho más lejos.
He salido a fuera y he visto que uno de los que creo era médico ahora estaba frente la puerta principal. Era perfecto, me he acercado un poco y con cierta destreza le he arrojado toda la gasolina del cazo encima, Ya lo tenía, ¡mi primera víctima!. He vuelto al interior de la casa, con el cambio de ropa había olvidado las cerillas en los otros pantalones. He cogido la cajetilla y he vuelto afuera. Ahora ese tipo estaba con los brazos abiertos, pegado a la cancela y gritando como exigiendo que abrieran esa puerta de inmediato. Nunca volvería a tener una oportunidad mejor.
Muerto de miedo he encendido una cerilla y se la he lanzado, pero no ha ocurrido nada. He encendido otra y tampoco ¿Que diablos estaba pasando? He vuelto a encender otra y nada tampoco. Creo recordar que he gastado más de diez hasta que al final he comprendido que eso no iba a funcionar.
He vuelto ha dentro de la casa corriendo y he cogido unos periódicos antiguos y unas revistas de decoración de mi abuela y he salido otra vez a fuera. He prendido fuego a un par de hojas enrolladas y las he acercado al él, por fin, la bata blanca ahora roja color sangre que llevaba puesta ha empezado a arder.
Me he apartado a observar. A juzgar por los acontecimientos no parecía importarle mucho el hecho de que su bata de trabajo estuviera ardiendo, parecía más enojado por el hecho de que la verja de la calle siguiera cerrada.
Poco a poco la intensidad del fuego ha ido disminuyendo, ¡se estaba apagando! ¿que? ¿porqué? ¡maldición! he vuelto al interior, he llenado nuevamente el cazo con gasolina y he salido afuera. Aquel tipo seguía allí como regocijándose de su indestructibilidad. Le he arrojado otro cazo de gasolina por encima y entonces sí, una gran deflagración ha cubierto ese cadáver andante envolviéndole en llamas. Tras unos segundos han cesado sus gritos, luego ha caído al suelo de rodillas y se ha consumido frente a la verja principal de la casa.
El espectáculo era dantesco, pero en ningún momento he sentido arrepentimiento ni remordimiento alguno, sólo cansancio, estaba exhausto y eso sólo había hecho que empezar, me faltaban aún todos los otros y seguro que no me lo iban a poner tan fácil. En ese momento un hedor horrible ha atravesado mis fosas nasales, era un olor tan fuerte, tan molesto que hasta se me han desprendido varias lágrimas. Provenía de ese cadáver ardiendo ¡Por Dios bendito! ¿cómo podía oler tan mal? Me he puesto a vomitar allí mismo del asco que me ha entrado. Luego he entrado en la casa a reposar unos segundos, volver a cargar el cazo con gasolina y continuar mi particular matanza...
Mi segunda víctima ha sido el soldado. Ahora ya se como quemar a una persona viva. Me he convertido en un asesino.