Sólo me falta deshacerme de uno.
Ayer por la tarde fui al garaje donde todavía están las herramientas de mi abuelo, tras rebuscar en varios cajones di con lo que buscaba, un rollo de cinta aislante. Volví a la cocina y desmonté el palo de la escoba. Luego abrí el segundo cajón de la cocina, sabía perfectamente donde guardaba mi abuela los cuchillos y como si de un capítulo de bricomanía se tratara urdí una herramienta elemental y rudimentaria, pero que me permitiría matar a todos esos seres que querían acabar conmigo.
El palo de la escoba debe medir un metro y treinta centímetros o quizá un poco más. El caso es que me permitió, a través de la alambrada, clavarles el cuchillo a esos monstruos. La verdad, pensé que me costaría más, pero por lo visto la desesperación está haciendo mella en mi.
Tras acabar con el tercero he de reconocer que le he pillado un poco el truco. Es tan sencillo como llamarlos a través de la alambrada y cuando están suficientemente cerca, les hundo mi afilada arma en el fondo de la garganta. Luego sólo he de esperar.
Por algún motivo que desconozco me cuesta menos matar a los hombres que a las mujeres.Creo que Estoy seguro que mi psiquis me está jugando una mala pasada.
Sólo me falta uno de ellos por eliminar. Es la chica del autobús.
Ayer por la tarde fui al garaje donde todavía están las herramientas de mi abuelo, tras rebuscar en varios cajones di con lo que buscaba, un rollo de cinta aislante. Volví a la cocina y desmonté el palo de la escoba. Luego abrí el segundo cajón de la cocina, sabía perfectamente donde guardaba mi abuela los cuchillos y como si de un capítulo de bricomanía se tratara urdí una herramienta elemental y rudimentaria, pero que me permitiría matar a todos esos seres que querían acabar conmigo.
El palo de la escoba debe medir un metro y treinta centímetros o quizá un poco más. El caso es que me permitió, a través de la alambrada, clavarles el cuchillo a esos monstruos. La verdad, pensé que me costaría más, pero por lo visto la desesperación está haciendo mella en mi.
Tras acabar con el tercero he de reconocer que le he pillado un poco el truco. Es tan sencillo como llamarlos a través de la alambrada y cuando están suficientemente cerca, les hundo mi afilada arma en el fondo de la garganta. Luego sólo he de esperar.
Por algún motivo que desconozco me cuesta menos matar a los hombres que a las mujeres.
Sólo me falta uno de ellos por eliminar. Es la chica del autobús.